Mi papá llevaba treinta años prometiéndole a mi mamá ese
viaje.
Treinta años de "el año que viene", de
"cuando los niños estén grandes", de "cuando el trabajo
afloje". Y el trabajo nunca aflojó, los niños crecieron y se fueron, y de
repente mis padres tenían sesenta y tantos años y esa promesa todavía flotando
en el aire como una deuda pendiente con la vida.
Fue mi hermana la que dijo: "Este año o nunca."
Y así fue como terminé yo, un martes de enero, cambiando las
cuatro llantas de mi Mazda antes del viaje más importante que íbamos a hacer en
familia.
La decisión que tomé antes de arrancar
No tenía pensado cambiar las llantas.
Las que tenía no estaban malas — al menos eso me decía yo
cada vez que las miraba de reojo en el parqueadero. Pero cuando le conté al
asesor del distribuidor que iba a hacer Bogotá–Cartagena con mis papás, me miró
un momento y me preguntó algo que no olvidé: "¿Y si se le daña una
llanta en la Troncal del Magdalena a las dos de la mañana con su mamá adentro,
¿qué hace?"
No supe qué responder.
Revisó las llantas, midió los surcos con un profundímetro y
me mostró los números: 2.8 milímetros de profundidad en las delanteras. El
límite legal es 1.6. Técnicamente podía viajar. Técnicamente.
Pero entre el límite legal y la tranquilidad hay una
distancia que ningún número mide.
Esa tarde salí del taller con cuatro llantas nuevas y la
sensación rara de haber tomado una decisión adulta. De esas que no se sienten
emocionantes en el momento pero que uno agradece después.
El día cero: Bogotá a las 3 de la mañana
Arrancamos el viernes antes del amanecer.
Mi mamá llegó al carro con una bolsa de onces que nadie le
pidió y una cobija que tampoco nadie pidió pero que todos agradecimos. Mi papá
revisó tres veces que la puerta de la casa quedara bien cerrada. Yo chequeé la
presión de las llantas — nueva costumbre, adquirida a regañadientes — y encendí
el motor.
Bogotá a las 3 de la mañana es otra ciudad. Las calles
vacías, las luces de los semáforos cambiando para nadie, el aire frío que se
cuela por las rendijas. Mi papá iba en el puesto del copiloto mirando el GPS
como si pudiera acelerar el viaje con la mirada. Mi mamá, atrás, ya se había
acomodado con la cobija.
Tomamos la Autopista Norte hacia el sur — paradoja bogotana
— y en menos de una hora ya íbamos bajando hacia el calor.
Lo que uno aprende en una carretera larga
Hay algo que la carretera le hace a la gente.
Los primeros dos horas van en silencio, cada uno en su
mundo. Luego, sin que nadie lo decida, empieza la conversación. La de verdad,
no la de los domingos en casa. En el carro, con el paisaje moviéndose afuera y
el motor como fondo, la gente habla de cosas que normalmente no habla.
Mi papá me contó, entre Honda y Girardot, que la primera vez
que había intentado hacer ese viaje fue en 1987. Un Renault 4 prestado, sin
aire acondicionado, con mis tíos apretados atrás. Se les ponchó una llanta
antes de llegar a La Dorada y se devolvieron. "En ese tiempo uno no
pensaba en revisar nada antes de salir", dijo, mirando por la ventana.
Yo no dije nada. Pero pensé en el profundímetro del taller,
en los 2.8 milímetros, en la pregunta del asesor.
La Troncal del Magdalena: donde el viaje se pone serio
Si usted nunca ha manejado por la Troncal del Magdalena, le
cuento: es una carretera que exige respeto.
No porque sea peligrosa en el sentido dramático — no es la
vía al Mar ni las curvas del Quindío. Es una vía larga, recta en muchos tramos,
con un calor que a mediodía parece físico, como si el aire pesara. Y con un
tráfico de camiones que nunca para, que va y viene cargado de todo lo que
Colombia mueve de un lado al otro.
En ese calor, las llantas trabajan diferente. El asfalto
caliente transfiere temperatura al caucho, y una llanta que ya viene desgastada
resiste peor ese calor, se ablanda más, pierde firmeza. Una llanta nueva, con
su compuesto íntegro y sus surcos completos, lo maneja sin dramas.
Lo noté en las curvas de acceso a los municipios, donde
había que frenar de golpe por los policías acostados. El carro respondía
limpio, sin ese medio segundo de duda que uno a veces siente y aprende a
ignorar.
Mi papá lo notó también, aunque no sabe nada de llantas. "Este
carro frena bien", dijo en algún punto entre El Banco y Bosconia. Lo
dijo como observación casual, mirando el paisaje. Pero yo lo escuché como si
fuera la mejor reseña que alguien me hubiera dado.
La llegada
Entramos a Cartagena cuando el sol ya estaba bajando.
Esa luz de fin de tarde que convierte las murallas en oro,
que hace que hasta los turistas dejen de mirar el celular un momento. Mi mamá
iba con la ventana abajada desde que entramos a la ciudad, con el pelo
moviéndose y una sonrisa que yo no le había visto en mucho tiempo.
Parqueamos frente al hotel — un edificio en el Centro
Histórico que mi hermana había reservado con meses de anticipación — y nos
bajamos los tres, estirándonos, con ese cansancio bueno de los viajes largos.
Mi papá se quedó un momento parado al lado del carro. Pasó
la mano por el techo, como si le estuviera agradeciendo algo. Luego me miró y
dijo: "Llegamos."
Dos palabras. Pero cargadas con treinta años adentro.
Lo que aprendí en ese viaje — más allá de la carretera
Llegamos sin sustos. Sin ponchadas, sin vibraciones raras,
sin ese momento de angustia que cambia el humor de un viaje entero.
Y sé que parte de eso fue suerte — en carretera siempre hay
un componente de suerte que no se puede controlar. Pero parte fue decisión. La
decisión de revisar antes de salir, de cambiar unas llantas que
"técnicamente podían viajar" pero que no merecían ese viaje.
Hay viajes que son solo traslados. Y hay viajes que son
momentos. Los segundos merecen preparación, no improvisación.
A mi papá le tomó treinta años cumplirle esa promesa a mi
mamá. Lo menos que yo podía hacer era asegurarme de que el carro llegara.
Antes de su próximo viaje largo: lo que vale la pena revisar
El asesor del taller me dejó con una lista corta que desde
entonces cargo en la cabeza antes de cualquier viaje de más de tres horas.
Primero, la profundidad de la banda: menos de 3 milímetros
en una ruta larga ya es territorio de riesgo, especialmente si hay tramos con
lluvia. Segundo, la presión de inflado: revisarla en frío, antes de arrancar,
con el valor que indica la calcomanía en la puerta del conductor. Tercero, el
estado visual de los flancos: grietas, burbujas o deformaciones son señales de
que esa llanta no debería hacer ese viaje. Y cuarto — este me lo agregué yo —
preguntarse honestamente: ¿si se me daña una llanta en el peor tramo de la
ruta, estoy preparado?
Si la respuesta genera duda, vale la pena resolverla antes
de salir.
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Categoría: Rutas CO
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Tono: Crónica de viaje